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El ingreso a la clínica el día del parto

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Al momento de ingresar a la clínica, deberás contestar un cuestionario, acerca de la duración e intensidad de tus contracciones y si has roto bolsa.

También se te pedirá desvestirte y ponerte un camisón que te proveerá la clínica. Luego te someterán a un examen interno para determinar si se ha dilatado el útero.

Más tarde te tomarán la temperatura, presión sanguínea, y pulso, y se monitoreará al bebé. Algunos establecimientos exigen que la paciente se afeite o se realice un enema.

¿Qué esperar de este gran día del parto?

Se acerca la fecha, estamos finalmente sobre la recta final. De pronto, un dolor nuevo nos invade adentro, cerca del feto, como si viniera desde el útero. Sin embargo reconocemos que no es nuestro hijo, es algo nuevo, indescriptible, parecido a un monstruo interno que crece y avanza hasta tomar posesión de todo nuestro ser. La sensación persiste aunque ahora, distinguimos la diferencia: no es dolor, es miedo.

Llegamos a un punto en donde casi todas las preguntas han sido respondidas, ahora nos enfrentamos al único gran interrogante ¿cómo será?. El parto, el hijo…Y como una cosa lleva a la otra la siguiente pregunta, e imposible de imaginar su respuesta, será ¿podré hacerlo?. Dar a luz, cuidarlo, ser una buena madre… Y la respuesta estará allí, en breve, en unos pocos días. La fantasía, así como las expectativas, son grandes, pero no olvidemos que la realidad supera la imaginación, ésta demostró a lo largo de la historia que millones de mujeres dan a luz diariamente y que, por si fuera poco, la mayoría elige volver a caminar por el mismo lugar.

Entonces, no nos hagamos tantas preguntas y dejemos que las cosas simplemente pasen, como la perra pare a sus cachorros, o la yegua, o la gata o cualquier mamífero igual al hombre. La naturaleza es sabia, ella responderá las preguntas sin necesidad de cuestionarlas. Si llegamos tranquilas, si confiamos en el trabajo que hará nuestro hijo por nacer, sumado a lo que haremos instintivamente como madres, entonces habremos vencido al monstruo.

Experiencia de una madre que no dió el brazo a torcer

Alrededor del parto existe siempre una gran fantasía en las mujeres. Es eso que no sabemos y que algún día nos va a tocar de cerca. Es eso que duele, que nunca hicimos y tendremos que hacerlo bien por primera vez ya que depende de ello la vida misma. Fantasía, miedo, irrealidad, responsabilidad. Muchas cosas en un solo hecho.

Suele ocurrir que al terminar respiramos hondo y nos decimos: lo peor ya pasó, y entonces nos rendimos. Tal vez por eso las cosas se me complicaron a mí. El parto había sido excelente, rápido, maravilloso. Una vez en la habitación, entre el cansancio y la recuperación de la anestesia, puse a mi hija en el pecho y la alimenté por primera vez. En ese momento había olvidado todo lo que había leído en los libros y lo que me habían dicho en la Liga de Lactancia sobre cómo debía ser eso de amamantar. Digo, no en lo sentimental sino en lo pura y exclusivamente práctico: me olvidé, o no lo recordé y entonces lo hice mal.

La consecuencia fue que mis pechos sufrieron porque la beba se prendía mal y yo no sabía enseñarle. Mis pechos se lastimaron por aquel olvido, porque no los preparé, porque no recordé que al principio es solo calostro, que lo complicado sucede al volver a casa, sola, sin enfermeras, cuando baja la leche. Mis pechos se endurecieron, estaban llenos, cargados y fue difícil vaciarlos, aflojarlos. Ninguna de las dos sabíamos cómo debía ser, sin embargo las dos teníamos claro lo que queríamos, ella alimentarse a través mío y yo darle a mis pechos el verdadero sentido que tenían. Fueron dos noches sin dormir, sacando a mano la leche y sumergiéndome en agua caliente, entre lágrimas, porque creía que no lo lograría.

Hoy, cada vez que la recuerdo sumergiéndose entre mis pechos, moviendo la piernita hasta dar con su comida, pienso que no fue tanto lo que hice. Dos cosas saco en limpio para aconsejarles a todas las lectoras: que no todo termina con el parto y que por lo tanto hay que cuidar las mamas, y que en definitiva, si no lo hacemos, nunca debemos decir que ya no podemos.

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